jueves, 14 de marzo de 2013

Capítulo 18


Me levanté llena de energía. Bajé corriendo a desayunar y cuando entré en la cocina me encontré con todos. Mamá y Tom pintando en un papel y papá con el delantal que le regalé por navidad, preparando una montaña gigantesca de tortitas. Me senté al lado de mi hermano y le revolví el pelo. El pequeño se quejó pero luego me enseñó su bonita sonrisa. Me pasó un lápiz verde y dejó que yo también ayudara en aquel dibujo. Al final nada de lo que había en el papel tenía sentido. Tom había dibujado un dinosaurio pilotando una nave. Mamá había pintado un jardín lleno de flores muy coloridas y yo había conseguido dibujar malamente una cara sonriente. Yo no había nacido con ese don, así que tampoco me esforcé demasiado.

  •          ¿Qué tal has dormido, cielo? – me preguntó mamá.
  •           Demasiado bien. Aunque sigue entrando luz, necesito que me lo arregléis.
  •          Vale. Habrá que llamar a alguien para que lo arregle – dijo mamá.
  •           Yo puedo hacerlo – dijo mi padre pero con tan mala suerte que al decirlo se dio la vuelta con la sartén en la mano y acabó tirando varias tortitas al suelo.


Los tres nos empezamos a reír de él. No era demasiado manitas. Siempre que intentaba arreglar algo, acababa estropeándolo más. No tenía remedio. Le ayudé a limpiar todo el estropicio y después servimos el desayuno.

  •           Mamá – dije con la boca llena. – Necesito tu ayuda para una cosa.
  •           ¿Para qué? – preguntó sin levantar la vista del periódico que acababa de abrir.
  •         El tío Doug me ha dado muchas fotos del abuelo – mi madre dejó de leer y me miró curiosa. – Me gustaría poner varias en el cuarto de lectura. ¿Me ayudarías a ponerlas?
  •           ¡Claro! – se notaba que le encantaba la idea. – Pero hay una que me gustaría enmarcar y ponerla en el salón.
  •           ¡Yo también quiero ayudar! – gritó mi hermano.
  •           Vale, pero… ¿Qué te parece si primero vemos Star Wars? – a Tom se le iluminaron los ojos y asintió varias veces.


Cuando acabamos de desayunar, limpié los cacharros y después me fui con mi hermano al salón. Puse la película y nos tiramos en el sofá. Esta vez mi madre también nos acompañó. Se sentó entre mi hermano y yo y disfrutó de la película como lo solía hacer antes.

Al acabar, los tres nos subimos a mi cuarto y empezamos a desperdigar todas las fotos por el suelo. Tom solo cogía las que salía mi abuelo tocando la guitarra. Creo que alguien quería seguir sus pasos. Mamá seleccionó varias donde salían sus padres. Aunque lo intentase disimular, podía ver perfectamente cómo se quitaba rápidamente varias lágrimas. Pero eran lágrimas de felicidad.

  • Me gusta mucho este foto – dijo mi madre sacando una del montón.

  •           ¿Son los abuelos? – preguntó Tom.
  •           Si, enano. Parece su boda, ¿no, mamá? – levanté la mirada y la vi llorando a mares.
  •         Tu abuelo quería mucho a tu abuela. El día que se casaron fue el día más feliz de su vida – suspiró y con la manga de su chaqueta hizo desaparecer las lágrimas traicioneras. – Eran tal para cual. Amor verdadero.
  •           Se le ve feliz – dije mirando atentamente la foto.
  •           Pues a mí me gusta ésta – dijo Tom enseñándonos una foto muy graciosa.

  •          Parece que se la vaya a comer – dije y los tres reímos. – Me gusta. Aunque las que más me gustan son estas dos.



  •           Mamá, de bebé eras una monada, no sé qué te ha pasado… - bromeé y mi madre cogió mi almohada y me pegó.
  •        Qué graciosa eres hija mía – me sonrió y después seguimos mirando fotos para seleccionar las más bonitas.


     Al final conseguimos separar las que más nos gustaban y ponerlas en el cuarto de lectura. Una vez listo, lo miré detenidamente. No podía parar de sonreír. En todas las fotos se les veía felices, no sé cómo lo conseguían. Era como si todo fuera fácil. Alguien decía una tontería, te reías y ya está. Sin problemas ni preocupaciones, así debió ser la vida de mis abuelos.

     Mientras recogíamos, mamá no paraba de buscar una foto desesperadamente. Y hasta que no la encontró, no paró. Le dio un beso como si fuese una persona y sin decir nada se fue. Me quedé un poco extrañada. Seguramente iría a enseñársela a mi padre o algo así. Cuando terminé de recoger, bajé con Tom al salón, pero al no ver a nadie salimos al jardín para que nos diera un poco el sol. Jugamos con la pelota y veinte minutos después vimos a mamá aparecer por la verja.

  •          ¿Mamá? – me estaba empezando a preocupar. - ¿Dónde estabas?
  •           Tenía que ir a un sitio – no paraba de sonreír. – He ampliado y enmarcado una foto. ¿Venís a verla?


     Corrimos junto a ella y entramos al salón. Mi madre se colocó en la pared donde había mil fotos nuestras e hizo un hueco. Cogió un par de clavos y en un abrir y cerrar de ojos vimos una de las fotos más bonitas de mis abuelos. Quizá no era perfecta, pero sin duda era la más bonita, ideal para ponerla al lado de las fotos de toda la familia.



     Es un capítulo corto y caca... Sorry





jueves, 7 de febrero de 2013

Capítulo 17


Al cabo de un rato, Doug volvió a aparecer. Traía una caja bastante grande. Se sentó a mi lado y depositó la caja en el suelo. Quitó la tapa y me dejó ver lo que había dentro. Dougie sacó lo que parecía ser un álbum de fotos. Me lo entregó y esperó.
  • ¿No decías que tu pasión era la fotografía? Pues tu abuelo y tú compartís la misma pasión y aquí tienes una pequeña muestra de lo que logró hacer.

Empecé a pasar las hojas, había una fotografía en cada página. En las primeras salían Doug, Danny y Harry con unos diecisiete años. ¡Qué jovencitos! No eran fotos muy buenas artísticamente hablando, pero transmitían mucho.

A medida que pasaba las hojas, se veía la evolución de los chicos. Mi abuelo pasaba de ser una bola que solo quería comer, a un chico muy guapo que llevaba unas camisetas que mi hermano Tom adoraría. Doug parecía ser el más pequeño de todos. Había alguna foto que parecía un niño al lado de los otros tres. En varias fotos aparecía con un piercing en el labio. No era el típico chico del que me hubiera enamorado, pero a mí siempre me habían gustado los piercings y los tatuajes, y mi tío, de joven, tenía las dos cosas. Me ruboricé por aquellos pensamientos y seguí pasando las hojas. Harry y Danny también habían cambiado mucho desde sus inicios. Pero lo que no había cambiado era que los dos tenían unos ojazos impresionantes. Seguí viendo las fotos y vi que empezaban a salir los chicos con las que supuse que serían sus novias. Había muchas fotos de mis abuelos. Mi madre se parecía mucho a mi abuela cuando era joven. Era tan guapa y se le veía tan feliz al lado de mi abuelo. Después de estas fotos se terminó el primer álbum.

Miré a mi tío y éste me pasó el siguiente. Las primeras fotos eran de paisajes muy bonitos. Aquí, ya se empezaba a notar la mejoría de mi abuelo con la cámara. Y cuando pasé unas cuantas páginas vi una sección que solo había gatos.

  • Ese de ahí es Marvin – dijo señalando una foto de una gato persa con unas gafas de sol. – Y esa de ahí es la princesa Leia - ¡qué bonita era! Me encantaban los gatos blancos con manchas negras. Era preciosa. – Y esa gata que ves sobre mis piernas, es la princesa Aurora. Es a la que más cariño cogí.

Definitivamente, Aurora era la gata más bonita que había visto hasta ese momento. Se parecía mucho a Leia, pero en la cara no tenía ninguna mancha negra, la tenía en la oreja izquierda y en la cola. Y sí, se notaba que había congeniado con mi tío. Eran tres gatos muy bonitos y se veía que les cuidaban y querían mucho. Había una foto que salía mi abuela besando a Leia. Me emocioné al ver esa foto, era preciosa.

Seguí pasando las hojas y las fotos variaban mucho. Había de mi abuelo y sus amigos en conciertos, de Doug con el bajo, de Harry en la batería y de Danny poniendo caras raras. Me reí con las siguientes fotos. Salían los cuatro y cada uno llevaba una placa de policía. Miré a Doug para que me explicara por qué tenían esas placas.

  • Es lo que tiene la fama, que te hacen regalos de todo tipo.

Terminé de ver el álbum y lo guardamos en la caja. Ya no había más. Mi abuelo había sido un gran fotógrafo. Ojala algún día pudiese ser como él.

  • Doug, ¿podría quedarme con las fotos? Si no puedo no pasa nada. Solo quería aprender un poco de él.
  • ¡Claro que sí! Aquí nadie les da uso, hace mucho que no salen del sótano. Eso sí, la próxima vez que vengas, tráete tu cámara, ¿vale?
  • Me parece bien.

Pero no pudimos continuar con la conversación. Mamá había entrado y me decía que ya era hora de volver a casa. Le di un fuerte abrazo a mi tío y un beso a mi abuela. Nos metimos en el coche y pusimos rumbo a casa.

Una vez llegamos, subí a mi cuarto con la caja que Doug me había dado. La abrí y saqué los dos álbumes. Empecé a verlos otra vez, había fotos realmente bonitas. Y después de estar un rato observándolas, se me ocurrió una idea para poder disfrutarlas al máximo. Las dejé en la mesa, me puse el pijama y me metí en la cama. Tenía que estar descansada para llevar a cabo mi idea.



Siento haber tardado taaaanto tiempo. Tengo dos capítulos más escritos y seguramente llegue hasta el 20 y ahí terminaré. No quiero que se haga eterno. Espero que os haya gustado y esas cosas.

¡Sed felices!

lunes, 15 de octubre de 2012

Capítulo 16. POV Sam


Estaba muy feliz, mamá y la abuela habían olvidado el pasado y por fin se habían perdonado, y yo, conocía un poco a más a mi abuelo. Era genial escuchar las historias que me contaba la abuela.
Dejé a las dos en el jardín para que hablaran y me metí en la casa. Encontré a Dougie en el salón viendo la tele. Me senté a su lado y él la apagó.
  •           Parece que por fin lo han arreglado – dijo él.
  •           Sí. Y me alegro muchísimo por las dos.
  •           Sabes que ha sido gracias a ti, ¿verdad? – dijo acariciándome la mejilla.
  •           Yo no he hecho nada – dije avergonzada.
  •           Claro que sí. Has sido tú la que las ha vuelto a unir. Las dos echaban demasiado de menos a tu abuelo y por culpa de eso no se dieron cuenta de que se necesitaban la una a la otra para poder sobrevivir sin él. Y gracias a ti, se han dado cuenta de ello.
  •           Vaya, no sabía que las cosas estuviesen tan mal entre mi madre y la abuela. Y la verdad es que tienes razón. Estos días me he dado cuenta de que mi abuelo ha sido la persona más importante para las dos y, entiendo que sin él, no pudieran seguir adelante, el día a día, teniendo a su alrededor tantas cosas que le recordaban a él, como yo, por ejemplo – hundí mi rostro entre mis manos y empecé a llorar.
  •           No llores pequeña – y me cogió las manos. – Tú no tienes la culpa de que ellas hayan estado así. Todo lo contrario, ellas lo veían todo oscuro y tú has puesto luz en sus vidas, has hecho que quieran seguir adelante. Has logrado que tu abuela quiera luchar y que tu madre vuelva a sonreír.

Doug me limpió una lágrima que caía por mi mejilla y yo le abracé. En ese instante tenía demasiados sentimientos en mi interior. Por una parte era feliz porque mi madre y la abuela se habían reconciliado, por otra estaba agradecida a mi tío por aquellas palabras que me acababa de decir, pero también sentía tristeza. Tristeza por ser la única que no recordase nada de mi abuelo, por no poder hablar, reír y llorar con él. Tristeza porque había malgastado muchos años de mi vida encerrada en mí misma sin querer saber nada de nadie, ni siquiera de mi abuela. Y al pensar en todo esto, no pude evitar arrancar a llorar. Pero Dougie estaba ahí y sabía que no se separaría de mí, que no me dejaría nunca.
No dejó de abrazarme hasta que por fin me tranquilicé. Me dejó sola un momento y vi como se iba hacia la cocina. Unos minutos después, volvía con dos tazas en sus manos. Me dio una y él empezó a beber de la otra. Como quemaba bastante, la dejé sobre la mesa. Me fijé que en la taza de mi tío había unos muñecos dibujados, parecían de las antiguas películas de Disney. Miré mi taza y también vi que había dibujos.
  •           ¿Y estas tazas? – pregunté.
  •           Casi todas las tazas de esta casa tienen algo dibujado. Tu abuelo era un ser un poco especial. Le encantaba este tipo de cosas.
  •           En eso se parece a mi hermano – y nos reímos. – Todas sus tazas son igualitas a éstas. ¿Y qué más le gustaba?
  •           Le encantaba el cine. De hecho, en el último piso había una sala gigantesca donde había montado su propio cine. Nos pasábamos días enteros encerrados viendo películas. Una de sus pelis favoritas era Regreso al futuro. De ahí salió el nombre de nuestro grupo.
  •           ¡Ya decía yo que me sonaba de algo! ¡Marty Mcfly! – y Doug no paró de reír hasta varios minutos después.
  •           ¿Te gusta esa peli?
  •           ¡Claro! El cine es una de mis pasiones. Y como no tengo muchos hobbies, pues me suelo pasar la mayor parte del día viendo películas.
  •           ¿Y cuáles son tus otras pasiones? – preguntó muy interesado.
  •           Pues, a parte del cine, adoro la fotografía y la literatura. No puedo vivir sin un buen libro y sin mi cámara de fotos. Hace mucho que no le doy uso.
  •           ¡Tráetela algún día! ¿Y qué más te gusta hacer?
  •           Me encanta la naturaleza, ir al monte y caminar sin rumbo fijo. Siempre que voy me llevo una tienda de campaña y acabo durmiendo en sitios preciosos. Me gusta todo lo que tenga que ver con la naturaleza, sus paisajes, sus olores y sus pequeños habitantes. Solo te digo que en mi casa tengo dos gatos y no tengo más porque mi padre no quiere… ¡Pero cuando tenga mi propia casa pienso tener muchos animales!
  •           Eso está muy bien. Yo soy más de lagartos y de perros, siempre he tenido. En cambio, tus abuelos han tenido gatos. Los adoraban – y a mí se me iluminó la cara al oír eso. – Tuvieron muchos a lo largo del tiempo. Pero a los que yo cogí cariño, por eso de vivir aquí, fueron tres gatos: Marvin, Leia y Aurora. No eran nada ariscos, si no todo lo contario, eran como un perro, fieles a sus amos y cariñosos con el resto – y se rió por la cara que puse.
  •           Es que la gente está muy equivocada. No es verdad eso de que los perros son los mejores amigos de los hombres y los gatos no. Eso solo depende de cómo eduques al animal. Si desde pequeño tiene mucho contacto humano, pues será el animal más social que pueda haber. Pero si en cambio, no se relaciona mucho desde que es un cachorro, pues puedes tener la mala suerte de que sea bastante arisco y territorial. Pero eso pasa con perros y con gatos, y quien diga lo contrario no sabe nada sobre animales.
  •           A tu abuelo le hubiera encantado oír todo eso. Y seguro que te hubiera defendido – y yo sonreí triunfal.
  •           ¿Hay alguna foto de los gatos que me has dicho? Es por conocer un poco más a mi abuelo.
  •           Tengo algo mucho mejor – y salió del salón.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Capítulo 15


Bebí un poco de agua y lentamente fui recordando ese maravilloso día.

-          Bien, lo que pasó a continuación…

En el hospital yo solo dormía, era la única forma de que todo pasase rápido. Mientras soñaba con mi bebé, una voz conocida me despertó. Abrí los ojos y vi a mi hermana Giorgina y a Carrie, la hermana de Tom, con una sonrisa y un montón de flores y peluches.

-          ¿Cómo se encuentra hoy la futura mami? – dijo Giorgina acercándose para darme un beso.
-          Ya sabes, como siempre. Me duele todo, el médico es un imbécil y Tom no está. ¿Sabéis algo de él? – pregunté un poco triste.
-          Tranquila, vendrá. Sabes que no se lo perdería por nada del mundo. Pero tiene compromisos. Recuerda, es un músico famoso – Carrie me acarició el pelo para tranquilizarme.
-          Lo sé. Y gracias chicas, no sé qué habría hecho estos días sin vosotras. Sin Tom ya es bastante duro, pero si encima faltarais vosotras, me habría muerto de aburrimiento y habría acabado pegando al médico. – dije mientras me incorporaba un poco.
-          ¿Qué te ha dicho hoy el médico? – preguntó Giorgina.
-          Me ha dicho que de esta noche no pasa. Pero ya veremos. Creo que el bebé está demasiado cómodo ahí dentro y no quiere salir. – empecé a ponerme otra vez nerviosa.
-          Tranquila Gi. Seguro que esta noche es LA GRAN NOCHE. – me hacía gracia que llamaran así a mi parto. Siempre que lo decían no podía aguantar la risa.
-          ¿Ves? Así está mejor. Vamos a ir a por un par de cosas. ¿Podrás sobrevivir sin nosotras? ¿O te tenemos que atar a la cama para que no pegues a nadie? – fue Giorgina la que sugirió tal cosa. Se miraron entre ellas y salieron de la habitación riéndose.

Algo me estaban ocultando. Cuando se miraban entre ellas y se reían nada bueno venía después. Pero bueno, no me importaba, si lo pensaba empezaría a arrancarme el pelo. Empecé otra vez a pensar en las cosas que me apetecía comer: helados, chocolate, tartas, hamburguesas, tortitas…
Me cansé de pensar en comida y me quedé dormida. Pero no duró mucho. Tuve una contracción muy fuerte y me desperté gritando. ¡Nunca me acostumbraría a eso! ¡Qué dolor! Entró el médico, comprobó unas cosas ahí abajo y me miró satisfecho.

-          Es la hora. – salió de la habitación e hizo unas señas a alguien. ¿Sería la enfermera? Pero cuando vi quien entraba no podía creerlo.
-          ¿Qué haces tú aquí? ¿No estabas de gira? – le grité.
-          He vuelto hace un rato. Pero estabas dormida y no quería despertarte. – dijo Tom entrando con su tierna sonrisa.
-          No es justo. Yo quería gritarte y enfadarme contigo por no haber estado estos días aquí. Y tú apareces con esa sonrisa tuya tan perfecta y me derrumbo. Muy injusto.

Se acercó a la cama y soltó una carcajada. Se acercó a mí y me acarició el pelo mientras me daba un beso. Cómo me gustaban sus besos, eran tan dulces. Después de dármelo, se acercó a mi enorme barriga, le dio un beso y le susurró: “sal ya pequeño, tu papá está deseando conocerte”.

-          ¿Cómo que pequeño? ¿Y si es una niña? – pregunté dejándole un hueco en la cama para que se tumbara.
-          Si es niña, mejor. Así tendré a mi pequeña Gio y podré abrazarla y besarla cada vez que su madre no quiera. –  me guiñó el ojo.
-          Ni hablar. Besos y abrazos solo a mí. – le dije abrazándome mucho a él, para que no hubiese ni un milímetro de espacio entre nosotros.
-          ¿No le podré dar besos a nuestra hija? – dijo divertido.
-          Solo si no dejas de besarme nunca. – se acercó a mí y me dio un beso que me pareció eterno y el que no quería que acabase nunca. Pero en ese momento entró el médico.
-          Siento interrumpiros, pero la sala está lista y hay que llevar a la madre allí. ¿Estás preparada para el último esfuerzo, Giovanna?
-          Nací preparada. – y volví a besar a Tom.

Dos enfermeras arrastraban la silla donde iba. Intenté no mirar hacia los lados, siempre me había dado mucha vergüenza ese tipo de situaciones. Abrieron una puerta y entramos. ¡Oh dios mío! Ahí estaba la famosa cama donde tantas mujeres habían dado a luz antes que yo. Tom me ayudó a levantarme y a ponerme cómoda en la cama. Cuando ya estaba lista, me agarró la mano y no me la soltó en ningún momento.

Después de muchos gritos, esfuerzos, palabras de Tom diciéndome que ya quedaba poco y palabras del médico diciéndome que solo faltaba un empujón más, todo terminó. La sala se quedó por un instante en silencio. Miré a Tom y vi que tenía los ojos vidriosos. Yo también tenía ganas de llorar. Acerqué su mano a mis labios y la besé. Entonces se escuchó un llanto. Era el llanto más ruidoso y más hermoso que había oído en mi vida. Me intenté incorporar un poco y Tom me ayudó. No veía nada, estaban todas las enfermeras por medio y no dejaban que mirase. Y entonces, llegó la gran frase que hizo que Tom y yo nos mirásemos y él me besase.

-          ¡Enhorabuena! ¡Es una niña! – dijo el médico con un pequeño bulto entre sus manos.
-          ¡Una niña, Tom! ¡Una niña! –  solté por un momento las manos de Tom para poder coger a nuestro bebé.
-          Es preciosa, igualita a su madre. – dijo Tom acercándose  para darle un beso en su pequeña cabecita.

Era perfecta, y era nuestro bebé. Habíamos estado esperando nueve meses y por fin tenía a la cosa más bonita del mundo entre mis manos. Miré orgullosa a Tom y dejé que cogiera a la niña.

-          Bienvenida al mundo, Carol. – dijo Tom cogiendo la manita de la pequeña.
-          ¿Carol? – pregunté yo.
-          ¿Te gusta?- me volvió a colocar a nuestro bebé entre mis brazos.
-          Me encanta. –  volví a mirar al bebé. – Te acabo de conocer, pero ya me he enamorado de ti, pequeña. –  le di un beso en su nariz.

Miré hacia Carol y vi que en su expresión había tristeza y alegría. Tenía ganas de levantarme y abrazarla, pero mi cuerpo me lo impedía. Ella lo notó y se levantó. Había echado demasiado de menos sus abrazos.

viernes, 31 de agosto de 2012

Capítulo 14


POV Gio

Había pasado una semana desde el cumpleaños de Sam. Estaba muy feliz porque le había gustado mi regalo. En realidad nunca pensé que sería capaz de deshacerme de ella, pero algo me impulsó a hacerlo y me alegraba por ello.

Por fin era sábado y por fin volvería a ver a Sam. Me sentía con mucho ánimo desde hacía unas semanas. Había vuelto a reírme de las bromas de los chicos. Y Dougie ya no me miraba como si me fuera a caer, simplemente estaba ahí, recordando juntos viejos momentos y contándome cosas de Sam.

Vino Dougie pronto y le dije que me ayudara a bajar, prefería recibir a mi nieta en el jardín, para que no tuviera que ser siempre en la cama. Además, me sentía bien y quería que me diera un poco el sol. Esperé la llegada de Sam leyendo un libro.

Se oyó el timbre y fue Doug a abrir. Escuché que decía algo y que empezaba a gritar, como si estuviera muy emocionado. Dejé el libro y esperé a que salieran al jardín. Giré la cabeza y vi que Sam no había venido sola, Carol venía con ella.

-          Hola mamá. ¿Cómo estás hoy? – preguntó con una sonrisa. Qué raro, hacía mucho que no veía a mi hija sonreír.
-          Muy bien. ¿A qué se debe tu presencia?
-          Te echaba de menos y me apetecía verte – dijo bajando la mirada.
-          Me alegra oír eso. Anda, sentaos y disfrutad del maravilloso día que hace hoy.
-          ¡Abuela! ¿Qué nos contarás hoy? – dijo mi nieta.
-          No sé que puedo contaros. Déjame pensar.
-          Cuéntanos uno de los mejores momentos que habéis pasado juntos.
-          Vale, ya sé que contaros.

Y las dos se quedaron en silencio y me escucharon atentamente.

Llevaba tan solo cinco horas en el hospital, pero ya tenía ganas de irme a casa. Esa cama era el lugar más incómodo donde había dormido, y eso que estaba muy acostumbrada a dormir en sitios raros.

Lo único que me apetecía era comerme una gran hamburguesa chorreante y grasienta. Desde hacía meses que no había probado una. ¡Qué ganas tenía de terminar con todo esto y poder comerme una!
El médico me había dicho que de esa noche no pasaba. Genial. Eso me lo llevaba diciendo durante una semana. Qué asco de todo. ¿Por qué estaba tan negativa últimamente? Serían los nervios. Desde que lo supe no había dormido bien un solo día. Imaginaos, nueves meses durmiendo poco y mal. Pero pronto se acabaría y por fin tendría a nuestro bebé en mis brazos. Llevaba tiempo imaginándome cómo sería ese momento tan especial. Me veía a mí gritando de dolor y, de repente, el médico envolviendo a nuestro bebé en una manta y dándomelo. También veía a Tom a mi lado en todo momento, llorando de la emoción.

Cuando nos enteramos, ninguno de los dos se lo creía. Me hice la prueba unas quince veces, y ni aún así no nos lo creíamos. Pero después de que el médico lo confirmase, nos miramos y nos besamos. En ese momento éramos las personas más felices del mundo. Llevábamos un año intentándolo y nada. Era desesperante, pero al final lo conseguimos…

-          ¿Abuela? ¿Qué te pasa? – escuché la voz de mi nieta pero la sentí muy lejana. - ¡Abuela, despierta!
-          ¿Qué? ¿Qué ha pasado? – miré aturdida a mi alrededor y cuando pude enfocar la vista vi que mi nieta estaba llorando.
-          ¿Estás bien? – preguntó preocupada Carol. – Mamá, ¿quieres que llame al médico?
-          No, no. Estoy bien. Tan solo ha sido un mareo – mentí para que se tranquilizaran. - ¿Por dónde iba?
-          Nos estabas diciendo que papá y tú estabais intentando tener un hijo pero que no podíais, hasta que al final lo lograsteis.
-          Ah, sí – dije intentando pensar en lo que iba a decir a continuación. – Doug, ¿me puedes traer un vaso de agua?
-          Claro, preciosa.

Mientras él me traía el vaso, me esforcé enormemente para recordar toda la historia.